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Museo Jacobo Urso

Club Atlético San Lorenzo de Almagro

Ubicación:  Acceso a Platea  Norte del estadio Pedro Bidegain
SITIO OFICIAL - 14 Años junto al Ciclón

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La mano de Dios

 
A continuación te iremos mostrando la obra Veinte relatos cuervos, alegrías y tristezas de
vivir una pasión, del escritor Sebastián Giménez
. Ahora te mostramos el Décimo Noveno Relato...

 

 
Por Alberto Barja
abarja@ciudad.com.ar

@MuseoSanLorenzo

Publicado el 18-04-2019

 

 

Si la historia fuera contrafáctica, si se hiciera sobre los hubiera o los hubiese, seguramente no habríamos siquiera jugado la Copa Libertadores de América del 2014. Porque todo comenzó unos meses antes, en la cancha de Vélez.

Que el equipo llegaba golpeado por no haber podido vencer a Estudiantes de la Plata en el Nuevo Gasómetro, victoria que nos hubiera dado el título. A cancha llena, San Lorenzo no pudo encontrarle la vuelta al planteo pincharrata. No tuvo una buena tarde, con los intérpretes más lúcidos desconectados y sin nueve de área, porque ese equipo no tenía goleador, no le quedaban nueves desde que se había lesionado el uruguayo Cauteruccio después de una jugada bárbara allá en Rosario. Luego de una apilada descomunal, que arrancó en tres cuartos de cancha, y definió en el arco rosarino, la rodilla del uruguayo dijo basta.

Y San Lorenzo, sin nueve pero más o menos a los tumbos llegó a la anteúltima fecha, luego de que se dieran casi todos los resultados, con la ventaja de tener que depender de vos mismo, de ganar esa tarde para dar la vuelta. Pero esa tarde no se ganó. Que al equipo pareció pesarle la responsabilidad. Que el técnico Juan Antonio Pizzi venía perseguido por el embrujo de quedarse siempre a mitad de camino, como en el ascenso que no fue con Central. Que el escenario, luego del empate con Estudiantes, no podía ser peor. Dos puntos arriba de Vélez, al que visitábamos en la última jornada. El empate tampoco te aseguraba el campeonato, porque en el otro partido importante se enfrentaban Newells y Lanús en Rosario y si alguno de los dos vencía y Vélez y San Lorenzo empataban habría desempate entre el ciclón y el vencedor. Si ahora cuesta entenderlo, en ese momento también. Pero lo inexplicable era no haberse ahorrado toda esa mala sangre con un gol de mierda frente a Estudiantes. Pero no. Ahí estábamos, haciendo honor a esa  costumbre maldita de tener que sufrir siempre, que si no, no vale. Que si no, no parece San Lorenzo.

Prohibidos los visitantes, esos once hombres azulgranas iban a definir el campeonato solos en territorio hostil. Donde la rivalidad había crecido un poco artificialmente fomentada por los medios de comunicación y los de Vélez, que querían ser nuestro clásico. Regado el resentimiento durante toda la década del 90 e inicios del siglo XXI, con hechos lamentablemente violentos de por medio.

"Si vos sos grande yo te quiero ver / en el suplemento que sale en Olé", cantábamos los cuervos. Y los del Fortín, en una visita, nos mostraron todas las Copas que tenían en su haber, en un desfile en nuestra cara. Y así, echando leña al fuego de uno y otro lado.

Y ese partido, el último del campeonato, que no se podía perder. Porque no sólo podías dejar de ganar el campeonato, sino que lo podía ganar Vélez, que había cometido la impertinencia de ganar cuatro partidos seguidos en el torneo en que todos empataban, ganaban, perdían. ¿Y dónde ver el partido? En lo de los viejos, con los chicos.

Y San Lorenzo no tenía nueve, viejo. Y Pizzi lo improvisó a Alan Ruiz, un tipo más bien fino para jugar que se le ocurrió que podía jugar de centrodelantero porque le tiraron un par de centros en la semana. O quizás porque pensó que tenía buen tiro de media distancia, y por ahí podía pegarle en algún contraataque, o que le quedara alguna.

Primer tiempo. No pasaba mucho, dos equipos bastante contenidos. Me lo explicaba en San Lorenzo. Imaginaba lo que pesaba a esos jugadores perder ese partido, porque nos jugábamos mucho. No tanto por perder un título, sino porque nos cargaran por el resto de nuestras vidas estos velezanos que se decían nuestro clásico. El empate valía oro, que de última jugaríamos un desempate.

Y San Lorenzo, que Pizzi paraba bastante ofensivo, ese día atacó poquito, casi que nada. Es que no recuerdo algo parecido a una situación de gol en esa tarde noche. Que lo único que me viene a la mente, parecido, similar a una situación riesgosa, fue una escapada de Ángel Correa que Pitana anuló por no dar ley de ventaja. Se iba solo a enfrentar al arquero el pibe. Y cobró un foul anterior. Y Pizzi le dijo de todo menos lindo. Y yo en casa de mis viejos lancé un rosario de puteadas. Ortigoza y Mercier la intentaban tener en la mitad de la cancha, el gordo lateralizaba, los minutos pasaban.

En el segundo tiempo, las cosas siguieron más o menos así hasta que Vélez sacudió la modorra. Y empezó a jugar mejor. Y a mojarnos la oreja. Una media vuelta de Lucas Pratto desde el borde del área sacudió el palo derecho de Torrico. Ya se entraba en la recta final y el cero a cero, el resultado más querido, pendía de un hilo. Porque San Lorenzo no podía ni contraatacar. Porque el Pocho Insúa empezó a tener la pelota, y los pibes de Vélez se le sumaban compitiendo por quedar en la historia con un gol para cagarnos el campeonato. Últimos diez minutos y ya casi que no se podía más. Ya no sabía si seguir mirando o cambiar de canal y que me contaran después qué pasó, como hacía Cholo, el abuelo de mi mujer. Que era un sufrimiento indecible como el del Pipi Romagnoli y Correa padeciéndolo desde el banco. Que había que aguantar pero Vélez inclinaba la cancha. Y nosotros aguantando con Mercier, Cetto, Gentiletti, que se cansaban de despejar.

-Tenela, por Dios – le pedí a Nacho Piatti en un ataque por la izquierda. Guardala ahí cinco minutos, la puta que lo parió. Nacho, extenuado, la quiso hacer rebotar y fue saque de arco para Vélez. Y lancé un rosario de puteadas.

-Papá está por explotar – le dijo mi hijo Santiago a mi vieja, que quiso venir a tranquilizarme, que no entendía tanta mala sangre.

No es que la había perdido Nacho Piatti en el área nuestra, pero daba lo mismo. Había que tenerla y no podíamos, que la pelota estaba enjabonada. Y se siguió viniendo Vélez con poca claridad, pero el campo estaba inclinado. ¿Sabés lo que es perder un campeonato a dos minutos del final, viejo? Y contra un rival que sentimos enemigo, que si fuera contra uno del interior cualquiera no hubiera sido para tanto. Pero contra Vélez, que nos tenía entre ceja y ceja no, por favor. Perder ahí no. Seguía rebotando la pelota contra el frontón firme de la defensa de San Lorenzo. Hasta que ocurrió. Y era cantado, que de tanto intentar una les iba a quedar.

Y allá en Rosario, Newells y Lanús empataban, y Vélez si metía el gol era campeón. Y de tanto intentar, de tanto ir a buscarlo, de tanto arrojar centros sin ton ni son, una les quedó. Rechazó corto Mauro Cetto, la torre rubia de la zaga central azulgrana, que había sacado todo los 87 minutos anteriores. Pero de qué servía, si una de las últimas la rechazó mal y fue a parar al pecho de un rival en el medio del área, con espacio para pegarle en diagonal al arco, ligeramente inclinado a la derecha del punto del penal. Así le quedó a Allione la pelota para el gol. No había otra posibilidad de que fuera gol. Pelota dominada, bajándole del pecho.

Dos posibilidades, cruzarla seco al segundo palo, inatajable para Torrico. O clavarla al primer palo también. O tirarla afuera, la única salvación. La paró bien de pecho, y la pelota bajó hacia su pie derecho. Le pegó bien Allione, arriba al primer palo y todos en el Amalfitani gritaron gol. Nacho Piatti, que volvía infructuosamente a mirar la jugada, se tiró al observar la jugada de gol, vencido, que ya no había tiempo para más. Que se escurría otro campeonato, como la final de la Copa Argentina de tres meses antes.

Pero Torrico voló, estiró el brazo izquierdo y desvió el balón increíblemente como un metro hacia arriba para que pasara por encima del travesaño. El brazo izquierdo y esa mano, con perdón de Maradona, son la mano de Dios para los que vimos ese partido. Porque era imposible atajar esa pelota, porque era gol por donde se lo mirara. Los guantes de Dios, sin duda, el dedo de Dios, el índice de los milagros o el dedo carajo que haya sido. Por algo, se guardó esos guantes el Papa Francisco en el Vaticano, que en cualquier momento lo canoniza, que milagros sobran.

Yo no quería ni ver la repetición, porque pensaba que en la segunda entraba, que era imposible volver a ver semejante jugada sin infartarse. Nunca una atajada ganó un campeonato como esa vez. El gol de Allione hubiera significado no sólo arruinarnos el campeonato sino ganarlo para Vélez. A dos minutos del final. Por Torrico ganamos ese campeonato. Y jugamos, quién lo hubiera dicho, la Libertadores.

Que a veces en medio de los festejos o en el transcurrir del tiempo, se corre el riesgo de olvidar que todo empezó aquél día, con ese vuelo del cóndor estirando la mano de Dios, haciéndole una burla al destino que se empeñaba en volver a hacernos sufrir.

por Sebastián Giménez

 

 

INGRESA Y HACE EL PEDIDO

 
 

 
 


Juan Antonio Pizzi

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Sebastian Torrico
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INGRESAR


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