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Museo Jacobo Urso

Club Atlético San Lorenzo de Almagro

Ubicación:  Acceso a Platea  Norte del estadio Pedro Bidegain
SITIO OFICIAL - 14 Años junto al Ciclón

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# NOTICIERO SANTO

 

 
Un juego de azar
 

A continuación te iremos mostrando la obra VEINTE RELATOS CUERVOS, alegrías y tristezas de vivir una pasión, del escritor Sebastián Giménez. Ahora te mostramos el octavo relato...

 
Por Alberto Barja
abarja@ciudad.com.ar

@MuseoSanLorenzo

Publicado el 05-12-2018

 
 

INGRESA Y HACE EL PEDIDO

 

 

 

Ya me tenía cansado mi amigo Miguel hablándome de Boca. Que el Beto Márcico, que Villita el número 5 la rompía, que Juan Simón era impasable en la zaga. Y ni que hablar del Mono Navarro Montoya, el heredero de Gatti. Ese es un payaso, le decía yo provocándolo. Y le retrucaba que él no había visto al Beto Acosta y al Pipo Gorosito. El asistidor y el goleador infalible. Que Pipo tenía la cancha en la cabeza, que era un fenómeno. Y Fabián Carrizo, el 5 gladiador nuestro no tenía nada que envidiarle a Villarreal. Y así podíamos discutir eternamente. Hasta que llegó la hora de la verdad. Que en la cancha se ven los pingos.

El tío Arturo sacó entradas y le dije a Miguel que me acompañara, a la tribuna cuerva por supuesto.

-Venite de civil, le dije a mi amigo. Teníamos como antecedente que nos habíamos agarrado a piñas frente al televisor de mis viejos, cuando le grité a Miguel el empate del paraguayo León en la cara en el torneo 89/90. Pero ya estábamos más sosegados.

Fue en cancha de River. Séptima fecha del Apertura 92. Tarde de sol. Boca venía primero invicto, candidateándose al título. San Lorenzo lo seguía ahí, a un punto. Ocasión inmejorable para bajar al cuco y tomar la punta del campeonato. Era algo así como un partido bisagra, casi en mitad del campeonato, entre dos de los mejores equipos. De un lado, Gorosito y Acosta. Del otro, el Manteca Martínez y Márcico.

Un partido del que no recuerdo tanto porque los veintidós protagonistas eran un manojo de nervios. Por lo mucho en juego, claro. Partido en que predominaron las defensas y los mediocampistas luchadores. De un lado, Villarreal y Giunta. Del otro, Fabián Carrizo y J.J Cardinal. Parejo el partido, un cero a cero clavado. Aburridísimo, casi que no había situaciones de gol.

-¿Y dónde está Márcico? ¿Está jugando?, lo cargaba a Miguel. Y él, despacito para que no lo escucharan: ¿Y Gorosito?

Nada, de esos partidos que vuelven inútiles los antecedentes, que los jugadores dan su peor cara, casi irreconocibles. Las expectativas infladas por el periodismo y la realidad concreta de un fútbol pobre, lleno de miedo. Porque no podés jugar bien si tenés miedo a perder. Y eso parece que era lo que se jugaba esa tarde, en que fui con el amigo hincha de Boca a la tribuna del ciclón. Que era una fiesta la cancha, esa tribuna recordando la paternidad que nació en 1931, hace tanto. Pero había que ganar ahí, para tomar la punta. Ninguno de los dos se animaba. Ellos llevaban once años sin títulos, nosotros dieciocho. Parecía que los veintinueve años acumulados inhibían a los protagonistas, temerosos de nuevas frustraciones.

Hasta que el partido, de repente, se rompió. Minuto 77, a trece del final. Pipo, el genio de Boedo, el que tenía un guante en el pie derecho viejo, porque eso era un guante, no un pie, tomó la pelota en la derecha del mediocampo, pegado a la línea lateral. Tuvo tiempo de pensar, y si le dejabas tiempo para eso el Pipo te podía pintar la cara. Sacó un pelotazo de treinta metros con una precisión imposible para las personas normales, lanzar una pelota desde tanta distancia para que caiga por atrás de Soñora, al pecho del Beto Acosta. Pecho de almidón, que la bajó y la dejó ahí pegada casi al cuerpo para rematar de derecha. Para fusilar al payaso que le decía a Miguel que era Navarro Montoya. El Beto acomodó la pelota, arqueó sus brazos, la dejó picar y remató casi que entrando al área chica. Era la jugada que Boca debió marcar en los anteriores 76 minutos pero no pudo en esa ocasión, porque te descuidás una vez y te la podía mandar a guardar esa dupla. Le pegó el Beto Acosta bien, con fuerza, fusilando al arquero, que no tenía ninguna reacción posible ni uno ni cinco Navarro Montoya que pusieran ahí. Que era gol aunque pusieran el

micro delante del arco. Pero la pelota dio en el parante izquierdo, viejo. Y el ruido de la madera se escuchó en el silencio de tensión que reinaba en el estadio. Uhhhhh. Sí, no saben cómo quise gritar Gol y tuve que gritar Uhhh.

Porque cuando uno piensa por qué el Pipo no fue campeón en San Lorenzo, quizás debamos responder porque esa pelota no entró. Por diez centímetros más adentro que le hubiera pegado el Beto, y era palo y gol. ¿Qué son diez centímetros? La mitad del largo de la regla que usábamos en la primaria, dejame de joder. Fue la moneda lanzada al aire. Cara, dijeron Pipo y Beto. Y salió ceca. Aunque se hayan entrenado y estado a la altura de las circunstancias, porque si no hubieran perdido cuatro a cero. No, esos instantes en que se define a suerte y verdad y ya no depende de vos, de lo que hiciste y de lo que no. Que depende de eso que algunos llaman suerte. Pegó en el palo, viejo. Y con el tío Arturo nos tomamos la cabeza mientras Miguel respiraba. Pero eso no fue todo. El empate nos dejaba vivos en la pelea por el campeonato.

Pero ese día fue una novela dramática que duró treinta segundos. Uno va a ver noventa minutos, pero un partido puede definirse en medio minuto. Porque en esa misma jugada, que ni se fue la pelota porque el rebote en el palo la dejó viva, se hilvanó un ataque de Boca. Entró el Manteca Martínez al área y lo atoró bien Labarre. Le quedó a Villarreal, que le pegó al arco. La pelota dio en el palo, sí en el palo, pero este día hasta los palos jugaban para ellos. Porque el palo izquierdo del arco de Labarre asistió a Cabañas, que la empujó al gol. Mi amigo Miguel levantó los brazos calladito, manteniendo las formas para su propia sobrevivencia. El partido y el campeonato se escurrieron por los caprichos del destino. Nunca más hablé con Miguel de ese partido. No porque mi amigo fuera un caballero ni un tipo de códigos solamente. Tal vez porque los dos supimos que eso fue casi un empate de un juego de ajedrez. Que se resolvió como cuando jugás a la perinola, a las carreras o a cualquier juego de azar. Cayó de un lado, pudo haber caído del otro.

por Sebastián Giménez

 

 

 
 


Alberto Federico Acosta
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Néstor Raúl Gorosito
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